Senegal, el país de Africa que tiene a Dakkar como capital y donde llega un prestigioso rally que parte de París, era el destino de un matrimonio francés y su pequeña hija. El 30 de septiembre de 1994 partieron desde el puerto francés de La Rochelle en el yate Jean Van Get 12 metros de eslora, cinco años de fabricación. Con un motor de 90 caballos, en el Jean Van Get iban la decoradora Louise Longo de 36 años que navega desde los diez años y que es aficionada a leer libros sobre naufragios; su esposo, el arquitecto de 55 años Bernard Huyhege, y su hija Gaella Angela que el pasado 29 de octubre habría cumplido seis años.
Ese día, el yate zarpó sin que los tripulantes se dieran cuenta de que el pequeño radio estaba dañado. Entre el 5 y 6 de octubre, navegaban a 40 millas de distancia de la población gallega de La Coruña -en el mar de Finisterre, al noroccidente de España- en medio de un mar encabritado.
Esa noche Louise Longo estaba al mando del timón y su marido iba a su lado. De repente una ola se estrelló contra la embarcación, rompió los cristales de la cabina de mando, y los pedazos de vidrio hirieron en las manos, las piernas y la espalda a Bernard, quien murió cinco días después.
Ante el peligro emitieron un mensaje de SOS que nadie escuchó, y después de momentos de gran angustia, Bernard convenció a su mujer de que abandonaran la embarcación. Optaron por el bote salvavidas (no por la lancha auxiliar que disponía el yate) y allí se instalaron los tres. Louise llevaba en el regazo a la niña, y ambas vieron cómo Bernard empeoraba día a día por el efecto del agua salada que transformó las heridas en llagas. Murió entre el 10 y el 11 de octubre y tuvo que ser arrojado al mar por su crítico estado de descomposición.
Misterioso rescate
Para la madre, el 12 de octubre era un día más de los 15 que permaneció en el mar. Pero ese día el carguero inglés Soro -uno de los setenta mil barcos que circulan anualmente por ese corredor marítimo- ubicó a 140 millas de La Coruña el yate a la deriva y tras dar la señal, el Salvamento Marítimo envió al Alonso de Chaves.
Para Louise el hecho de que las hubieran ubicado fue un milagro porque imaginaba que el yate se había hundido y que por eso no se había producido ninguna operación de rescate.
Claro que la razón para que se suspendiera su búsqueda fue otra.
El equipo del Alonso Chaves después de inspeccionar el navío y al ver que todavía tenía los dos botes a sus costados, presumió que los tripulantes habrían sido arrastrados por una ola. Rastrearon el lugar, remolcaron el yate a puerto, y antes de suspender el rescate estuvieron tres días buscando los tripulantes que estaban en ese momento a 75 millas de distancia, al noroccidente.
La pregunta es obligatoria. Por qué el yate Jean Van Gent tenía los dos botes? Acaso ellos no tomaron uno y dejaron otro? Este es uno de los interrogantes no resueltos.
Fin de la deriva
Agua de lluvia que la madre recogía para su hija y para ella fue el único alimento.
A la madre le faltaba vivir lo peor cuando el mercante ruso Petrovski vio la balsa a 130 millas de la costa, 15 días después de que el Jean Van Gent fuera abandonado. Se acercó y un marino ruso a riesgo de su vida, se deslizó nueve metros por la escalerilla para tratar de rescatar a la madre y a la niña. No pudo. El barco siguió su rumbo antes de alertar en un inglés casi indescifrable al equipo de rescate de la costa española sobre la presencia de una balsa a la deriva. Dejó una señal de humo.
En el tiempo en que el Helimar (el helicóptero que de haber tardado cinco minutos más en encontrar la balsa hubiera tenido que devolverse por falta de combustible) hizo el recorrido desde la costa hasta la balsa, una ola, o quizás la fuerte estela del Petrovski, volcó la balsa y la mar le arrebató a Louise a su hija Gaella.
Con el olfato, por el humo que emitían, Louise percibía la presencia de algún barco, o los oía por el ruido de las máquinas, y los veía con dificultad cuando la balsa estaba en la cresta de una ola. Pero no podía hacerles señales pues la única linterna que llevaban se quedó sin pilas en la segunda noche.
La entereza que le había permitido a Louise mantenerse viva por 15 días en el mar, se derrumbó y pensó en suicidarse. Hubiera sido tan fácil: sólo desamarrar el chaleco salvavidas y zambullirse. Sobreviví porque tenía una hija , dijo Louise. Una luz roja alumbró la balsa, el hombre del casco encontró en la embarcación sólo una mujer, sin zapatos y con los pies vendados que fue izada por los aires. Casi un milagro.
Fuente;eltiempo.com
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