Una cadena de explosiones en segundos provocó el hundimiento de un coloso de 327 metros de eslora al sur de Canarias; murieron 36 tripulantes, 12 de ellos isleños.

45 años de la catástrofe del petrolero María Alejandra cerca de Canarias.

El reloj marcaba las 13.30 horas del 11 de marzo de 1980 cuando una explosión sorprendió a la tripulación del superpetrolero español María Alejandra a 490 millas al sur de Canarias y a 67 del faro de Cabo Blanco (Mauritania). De repente, una nube de humo cubrió la zona de proa y el agua comenzó a inundar la cubierta. Segundos después, llegó el segundo estampido, mucho más fuerte, que provocó grandes llamaradas y la desintegración de la cubierta. Acto seguido, dos explosiones más acabaron por hundir la mole de 327 metros de eslora y de 122.600 toneladas brutas, propiedad de la empresa Mar Oil S.A.

Todo se desencadenó en cuestión de segundos y no hubo tiempo, ni siquiera, de lanzar una señal de socorro. Sin posibilidad de organizar una evacuación de emergencia, las 43 personas que se encontraban a bordo (37 tripulantes -12 de ellos canarios-, tres alumnos de Náutica, dos directivos de la empresa y un familiar de un marinero), trataron de escapar del infierno como pudieron. Quienes lograron salir al exterior se lanzaron al agua e intentaron alejarse lo más rápido posible del lugar para no ser succionados por el naufragio del barco. Los trabajadores que se hallaban en la tercera cubierta del malogrado buque corrieron mejor suerte que sus compañeros.

“Estaba de guardia en el puente de mando cuando se produjo la primera explosión, todos los cristales se rompieron e inmediatamente llegó la segunda. Salí corriendo para dar la alarma cuando el barco ya comenzaba a inclinarse de proa, entonces se escuchó una tercera explosión y salí despedido, me encontré en el agua y comencé a nadar desesperadamente; no vi al petrolero hundirse, porque solo pensaba en apartarme del fuego y que no me cogiera el remolino del barco”, confesó el segundo oficial de cubierta, Ignacio Boy Cutilla.

José Ramón Sendón, tripulante gallego que ocupaba el cargo de ayudante de bombero, relató a La Voz de Galicia su odisea: “Pensé que iba a morir, pero decidí actuar con tranquilidad y me arrojé al mar. Luego pude agarrarme a un bote de plástico y fui desviándome del buque y de las llamas hasta que, a las ocho horas, encontré una madera que me salvó la vida”.

Ya de noche y después de más de diez horas abandonados a su suerte, a merced de las corrientes y el viento, los únicos siete supervivientes fueron rescatados por el buque liberiano Sequoia y el petrolero noruego Thorshavet, que acudieron al rescate alertados por una bengala lanzada desde una de las balsas. Una vez comunicado el siniestro a la estación radiocostera de Las Palmas, se incorporaron a las tareas de búsqueda el buque-factoría Interpeche y el pesquero chipriota Luhesand. Este último transportó los siete cadáveres recuperados (tres tripulantes tinerfeños, un grancanario, dos gallegos y un melillense) hasta la capital grancanaria.

Se dieron por desaparecidos a 29 tripulantes, entre ellos el capitán, Alfredo Videa Ansoleaga, de 45 años, natural de Vizcaya y residente en Santa Cruz de Tenerife. En la relación de trabajadores que nunca se encontraron figuraban cinco tinerfeños, un gomero y un lanzaroteño. En la iglesia matriz de La Concepción, en la capital tinerfeña, se ofició un sobrecogedor funeral al que asistieron varios supervivientes.

Una semana antes de la catástrofe, el María Alejandra, que había sido botado en los astilleros de Cádiz el 24 de marzo de 1975, arribó a Algeciras con un cargamento de crudo para la refinería de Cepsa procedente de Ras Tanura, en el Golfo Pérsico, su ruta habitual a través del Cabo de Buena Esperanza y a donde se dirigía en el momento del accidente para llenar sus tanques. Según publicó el blog Puente de Mando, de Juan Carlos Díaz Lorenzo, durante la descarga se produjeron algunos problemas con el sistema de extracción de gas inerte, pese a lo cual se completó la operación.

El informe pericial del Colegio de Oficiales de la Marina Mercante concluyó que el accidente se debió al lavado de los tanques sin haber eliminado los gases inertes, según difundió la publicación digital Escobén, especializada en contenidos marinos. “Las causas del siniestro nunca estarán claras del todo: el fallecimiento del capitán y de la mayoría de oficiales forzó a trabajar sólo con hipótesis”, se advierte en la información.

Dos años antes del siniestro, el 16 de marzo de 1978, el petrolero Amocco Cádiz, buque gemelo del María Alejandra, embarrancó, bajo bandera de Liberia, al sur de las costas francesas de Bretaña tras quedar sin gobierno a causa de una avería, causando uno de los desastres medioambientales más graves del siglo XX, al derramar 223.000 toneladas de crudo.

Fuente:diariodeavisos.elespanol.com